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Actividad en la noche

En la noche

Recopilación del testimonio de mi madre (Florentina García González) sobre una serie de acontecimientos y sucedidos ocurridos en torno a ella y de índole extraña o paranormal.

Los hechos aquí narrados se desarrollaron fundamentalmente en dos emplazamientos físicos: el pueblo de La Tejera de San Tirso, en el concejo de Mieres, Asturias (España). Y en la Virgen del Camino, provincia de León, también en España.

Un rostro en la oscuridad: cara blanca

El primer contacto con lo extraño lo tuvo mi madre cuando era pequeña (tal vez siete u ocho años). Estaba toda o casi toda la familia reunida en la casa familiar, de dos plantas. Entonces el piso superior sólo tenía habitaciones para dormir (más tarde se instaló una cocina). El inferior tenía habitaciones y cocina.

el hogar

Estaban reunidos en la cocina, mi madre, su hermana mayor (mi tía), y posiblemente sus otros tres hermanos varones (sin poder precisar si estaba Oscar), incluidos los dos que fallecieron posteriormente en accidente laboral y de bicicleta (de camino al trabajo); respectivamente: Tano y Sito.

Se encontraban juntos cuando repentinamente vieron aparecer un rostro tremendamente pálido en medio de los cristales de la puerta de la cocina. Lo vieron apenas unos segundos y el padre de mi madre (mi abuelo) se dirigió inmediatamente hacia la puerta, siguiendo a aquél extraño rostro que se alejó, sin darse la vuelta (siempre mostrando su cara), hacia un cuarto que entonces era un trastero y más tarde se convertiría en baño.

la _cara_blanca

Reconstrucción realizada en colaboración con mi madre, testigo de la visión.

Por más que miraron en toda la casa no pudieron encontrar ni rastro de aquella cara. Las puertas estaban cerradas con trancas de hierro, colocadas en diagonal. Las ventanas también se hallaron todas cerradas. Aquél rostro no debería haber podido salir de la casa y, sin embargo, se desvaneció tan misteriosamente como había aparecido.

Un tiempo después de esta visión se murió la abuela de mi madre, lo cual entonces y debido a las creencias colectivas, se consideraba relacionado. La aparición de la cara se consideró un augurio del próximo fallecimiento de algún miembro de la familia, en este caso la abuela de mi madre.

Una muestra del impacto que aquel suceso produjo en las mentes de los presentes es que muchos años después, siendo ya personas mayores, tanto mi madre (que lo menciona con cierta frecuencia en sus conversaciones) como mi tía (la hermana mayor de mi madre) lo recordaban perfectamente y, de hecho, mi tía poco antes de morir aún relataba este sucedido a su nuera e hijo, en Gijón.

Un empujón premonitorio

El siguiente acontecimiento extraño que le ocurrió a mi madre se desarrolló muchos años después. Ya existía yo, y con unos ocho o nueve años ya recuerdo parte de lo vivido por mi progenitora. Aconteció para anunciar la muerte de mi abuelo.

Yo recuerdo con claridad cómo mi madre se sobresaltaba en la misma cocina donde ocurrió el caso anterior, y casi gritaba: "¡Alguien me ha cogido por la ropa!". Eso se dio estando yo presente y doy fe de ello.

Pero también le acontecieron fenómenos extraños al dirigirse al lavadero de casa, situado a unos metros del hogar, por un camino muy estrecho de cemento. Allí cerca había lo que en Asturias se llama una "racimal" y en el resto de España, parra. El caso es que mi madre al pasar debajo de la parra escuchó un ruido muy fuerte, como de pájaros echando a volar. Al instante levantó la cabeza y por más que miró no logró ver ave alguna.

En otra ocasión, cuando se encontraba en el mencionado lavadero de junto a casa, también sintió que alguien o algo le tiraba fuertemente de la ropa. Dio un grito y salió del lavadero, encontrándose con su padre (mi abuelo) el cual se tomó a broma los temores de mi madre.

Por desgracia, poco tiempo después fallecía el abuelo.

mama_yo

Aquí tenemos al autor del artículo y a la protagonista de los sucesos.

¿Quién o qué era aquél camionero?

Apenas unos meses transcurridos y de nuevo mi madre tuvo ocasión de ver intervenir fuerzas ajenas a nuestro andar cotidiano. Se encontraba en la Virgen del Camino, provincia de León, junto con mi padre que se estaba recuperando lentamente de una enfermedad.

Mi madre solía ir a misa todos los días, a eso de las doce del mediodía, más que nada para matar el aburrimiento, mientras mi padre se quedaba en una tumbona a la sombra pues no podía tomar el sol. Yo no estuve presente en estos acontecimientos porque me había quedado en Asturias, con mi abuela, en la Tejera de San Tirso (Mieres).

En uno de esos días, en el santuario de la Virgen del Camino, mi madre fue abordada por un desconocido que ella califica de guapo, bien vestido, con corbata y traje claro color beis. El desconocido se identificó como un camionero que pasaba a menudo por la Tejera de San Tirso. Dijo conocer bien a mi madre y su familia. Aseguró que mi padre se iba a recuperar de su enfermedad completamente y que no había motivo para la preocupación. A mi madre le infundió cierto respeto este personaje pues inmediatamente se dio cuenta que el supuesto camionero no decía la verdad. Ella conocía a los camioneros que pasaban por el pueblo y éste no era uno de ellos. El desconocido aseguró también que se encontraba en la Virgen del Camino reparando su camión, cosa que igualmente le extrañó a mi progenitora pues para desempeñar tal oficio tenía un aspecto demasiado cuidado.

Tras este encuentro y un tanto desconcertada, mi madre entró en la iglesia por una puerta lateral que en aquellos tiempos solían tener abierta para facilitar el acceso a los feligreses. Al entrar vio que no quedaba sitio libre, ya que todos los bancos estaban ocupados. Se arrimó a una columna y se fijó especialmente en el centro de una bancada donde había dos ancianas. Retiró la vista y cuando la volvió a situar sobre las dos ancianas, en medio estaba el camionero desconocido mirando fijamente hacia ella. No se explica cómo pudo situarse allí pues ella está segura de que no quedaban huecos libres. Lo siguió viendo durante un tiempo más, él siempre con la mirada fija en mi madre.

Finalmente y cuando llegó la hora de la comunión el desconocido se dirigió a comulgar y mi madre lo perdió de vista y nunca más lo volvió a ver. Por cierto, mi padre se recuperó totalmente de su enfermedad, tal y como había pronosticado el camionero.

La buena samaritana

Pasó de nuevo un tiempo, quizás año y medio. Surgieron una serie de problemas en el seno de la familia de mi madre, causa por la cual nos vimos en la necesidad de encontrar una nueva vivienda, alejándonos de la Tejera de San Tirso. Pero entonces adolecíamos de falta de recursos económicos y por esa razón andaban mis padres preocupados acerca de cómo adquirir una casa en la que vivir.

Iba mi madre un día en el transporte (la línea) que cubría el trayecto desde la ciudad (Mieres) al pueblo, cuando una pasajera le preguntó si estaba libre el asiento de al lado. Mi madre le dijo que sí y aquella persona tomó asiento. Se trataba de una mujer fuerte, de mediana edad. Y esta mujer le preguntó: "Estás muy triste, ¿te pasa algo?".

Mi madre le explicó que nos veíamos obligados a cambiar de vivienda y que acababa de ver los pisos disponibles en Mieres y que eran todos demasiado caros. No nos lo podíamos permitir. Entonces aquella señora le comentó la existencia de una nueva construcción de protección oficial, a precios muy asequibles, y además le dio datos confidenciales acerca de cómo conseguirla. Por aquellos tiempos (aún vivía Franco) funcionaba mucho el tener contactos y amistades para conseguir estas cosas. Y aquella señora completamente desconocida y a la que mi madre jamás volvió a ver, nos proporcionó la información adecuada para alcanzar aquel nuevo hogar que tanto necesitábamos.

¿Quién era?¿Cómo apareció de manera tan providencial en aquellos precisos momentos, cuando ya la situación se volvía insostenible?. Probablemente nunca lo sepamos. Eso forma parte del misterio de la vida, de esos fenómenos extraños que en algunas ocasiones hacen acto de presencia en nuestra calculada tranquilidad cotidiana.

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